Lima, Julio 2008
Súbita caí en la importancia de la pregunta idiota. En lo NO de su esencia, de su origen tan abandonado, relegado, marginal. Con ese viso tan sereno que influye primordial en alfa, beta, gama y zeta, en las vertientes del kajak vital, ¿eso es tan idiota? ¿Peligro de un virtual coma de emociones, de carencias de pelitos parados? Conceptos en blanco. ¿En vida por disfrutar?
Tantas veces debí preguntar alegremente una pregunta idiota, así, destruyendo pétalos, arrancándolos con ira a la mitad. Interminables, mántricas dudas idiotas, echada en un campo de maíz, estornudando por la alergia, odiando elegir el campo y no la urbe para languidecer. Mi ego, Judas, me impide cuestionarme ser una idiota por resolución determinante y no considerar salir de una duda como quien salta la reja de una calle ciega.
Pero en esa ocasión debiste preguntármela tú. Debiste arriesgar: dinosaurio. Un sí o un no, o una re-pregunta idiota. La historia hubiera sido otra. La pregunta idiota es la piedra filosofal. Tate.
Ojos negros tan negros con un punto azulado que refleja tu luz. Me acuesto y decido soñar contigo. Pero sabes, nunca lo logro. No tengo visión, mis sueños no te imaginan. Será porque NO preguntaste. No lo sé.
Ahora que vivo en base de otra pregunta idiota, me siento bien, y mal. Sé que este estado responde a una respuesta justa, que merezco, y me tomo fotos a los pies. Y me sorprenden viboritas en las venas sobre mi hipotética respuesta a esa NO pregunta tuya, de ésa, que hoy se ha convertido en tu ausencia. Para aliviar me vengo, muy siciliana como me yergo, de tí, convirtiéndote en muso secreto de aventuras. Eso sí: no me tomaría fotos a los pies para inmortalizar suelos detenida. Será que no quiero pisar contigo.
Suelo hacerlo, eso de tomar fotos a mis pies. O a mis piernas relajadas. Cuando lo hago a mis pies detenidos, me siento en un momento de albricias. Se puede ser feliz aunque sea por un minuto infame. A mis piernas en cambio, echada en un sofá, dispersa en preguntas idiotas, a veces sobre ti. Tú siempre acompañas una foto a piernas aletargadas. El Kundalini es el cuello de un cisne, negro, semejante a los de la laguna de la Casa de Cristal del Parque Retiro. Negro. Franqueado por un geiser y un jardín de rosas. Donde el invierno trae algo de nieve y hielo donde resbalarse, y la primavera flores de colores imposibles de países lejanos. Un cisne de cuello largo, negro, de la laguna del Parque Retiro en Madrid.
¿Y para qué te escribo, para que te lleno la cabeza de preguntas Cisne? ¿Este desgarro que siento cuando pienso en tí, sublime, que con un millón de gotitas negras de colores llenas este espacio, ahora tuyo? Tengo, me afirmo en el derecho de hacértelas, y de contarte de pies y de piernas. Cómo matar ese poder tuyo sobre mis letras, mis palabras, mis imágenes inventadas, recuerdos, fotogramas concedidos Cisne. No sé si tengo el derecho. ¿Lo tengo? ¿Tengo la potestad de decirte que tomes una foto al suelo?
Preguntaba cosas, idiotas; reías, palpabas el vino, y me llamabas Cassandra -porque nadie le creía y según tú a pesar de mi locura tenía siempre la razón-.
Cassandra. Macbéthicamente, entre aires impuros ahumabas “Cassandra, Cassandra, Cassandra”. A la tercera vez ya había encontrado danzando yo mi propia y sola respuesta, última ronda del conjuro. Tu rostro acariciándo mi boca, me daba la razón, ignorante de la respuesta. Un cigarro más, una canción más, un cuento más, una oliva más, y una duda más lanzada, Cisne. Monopolizabas preguntas con tu presencia. Eran implacables. Tu andar jorobado y tu mochila llena de sorpresas. Nunca descansabas esa mochila Cisne Negro. Creo que por eso nunca preguntaste. Porque no la dejaste descansar. Hay que dejarse descansar un rato.
Sabes, en Amsterdam, la primavera pasada, todo florecía. Y todo era circular. Todo llevaba al centro. En estados alterados puede ser un poco mareante, pero la gente dejaba sus mochilas y montaba bicicletas entre canales “grachts” y puentes llenos de flores fucsias, rojas, anarajadas. La gente dejaba la mochila Cisne. Esas aguas deberías navegar…
Ahí, con la seguridad de estar pisando un suelo amable, me tomé una foto a mis pies. Y la duda idiota fue que por qué después de que te pasa un tren por encima es posible sentirse uno mismo, si uno mismo debería por defecto estar machuchado. Pues somos resilentes Cisne. Y me tomé una foto a mis pies sobre un suelo de piedras pequeñas iguales a mí. Como quiero ser, ser pequeña, imperceptible, feliz. Un suelo de un puente circular en una ciudad circular, donde la semilla de mostaza sabe más rico, el espiral tiene un centro Cisne. Y mis pies reposan.
Deja la mochila Cisne, que te vas para el fondo del canal, lago, río, mar, donde estés ahora, agua habrá.
Hazme una pregunta idiota Cisne, una coqueta pregunta idiota; necesito bailar.